El problema no era el dato. Sobre los límites del estudio del libro digital en Colombia de la Cámara Colombiana del Libro

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I. Apertura — El problema no es el dato, es la mirada

Colombia produce estudios sobre el libro. Produce cifras, informes, diagnósticos sectoriales, documentos que intentan capturar el estado de la industria editorial, las dinámicas del mercado, los cambios en los formatos, la transición hacia lo digital. En apariencia, no estamos a ciegas. Hay datos y mediciones. Hay intentos de comprensión.

Y, sin embargo, algo no encaja.

Después de décadas de políticas públicas, de inversión en bibliotecas, de incentivos a la industria, de programas de promoción, seguimos enfrentando una pregunta incómoda: ¿por qué la lectura no logra consolidarse como práctica social extendida? ¿Por qué, a pesar de la densidad normativa y del esfuerzo institucional, el país no ha logrado formar lectores de manera sostenida?

La tentación habitual es buscar la respuesta en los datos: faltan cifras, faltan mejores mediciones, faltan estudios más precisos. Pero tal vez el problema no esté en la cantidad de información disponible, sino en la forma en que estamos mirando el fenómeno.

Porque no todos los datos son iguales. Y, sobre todo, no todas las preguntas producen el mismo tipo de conocimiento.

En esta línea, el reciente estudio publicado por la Cámara Colombiana del Libro aparece, a primera vista, como un aporte necesario. Organiza información, sistematiza tendencias, intenta ofrecer una radiografía del comportamiento del libro —especialmente en su dimensión digital— en el país. Es, sin duda, un esfuerzo relevante dentro de un sector que necesita entenderse mejor a sí mismo.

Pero también es otra cosa. Es el síntoma de una forma de mirar el problema que llevamos décadas repitiendo.

Una forma de mirar que confunde el libro con la lectura. Que mide circulación, pero no experiencia. Que observa el objeto, pero no al sujeto que lo habita. Que describe la industria, pero no logra explicar el ecosistema.

No es un problema nuevo. Desde la Ley 34 de 1973, Colombia ha tendido a construir políticas del libro antes que políticas de lectura, organizando la producción, la compra y la distribución de textos sin garantizar, al mismo tiempo, las condiciones sociales, pedagógicas y culturales que permiten que esos textos se conviertan en experiencia lectora.

El resultado ha sido una paradoja persistente: un país que regula el libro, pero no logra formar lectores.

Lo inquietante es que esa misma lógica parece trasladarse ahora al terreno de la investigación. Seguimos produciendo estudios que, con mayor o menor sofisticación técnica, continúan orbitando alrededor del mismo núcleo: el libro como objeto medible. Cuántos se producen. Cuántos se venden. Cuántos se descargan. En qué formatos circulan. A través de qué plataformas.

Todo eso importa. Pero no es suficiente. Porque la lectura no ocurre solo en los libros.

Ocurre en las prácticas cotidianas, en las mediaciones, en los vínculos afectivos, en las condiciones materiales de vida, en las trayectorias educativas, en las formas de atención y de deseo que atraviesan a los lectores reales. Ocurre en la escuela, sí, pero también fuera de ella. En la familia, en la comunidad, en los dispositivos digitales, en los espacios —cada vez más fragmentados— donde se construye hoy la experiencia cultural.

Un estudio que no logra ver eso puede ser útil para entender una parte del problema. Pero difícilmente puede aspirar a explicarlo.

Este ensayo no busca descalificar el trabajo de la Cámara Colombiana del Libro ni reducir su aporte a una caricatura. Sería un error. El punto no es señalar fallas puntuales, sino interrogar el marco desde el cual ese estudio —y muchos otros— han sido construidos.

Porque, si queremos tomarnos en serio el problema de la lectura en Colombia, necesitamos algo más que mejores cifras.

Necesitamos una mejor mirada. Y esa mirada comienza por una pregunta incómoda: ¿qué es exactamente lo que estamos estudiando cuando decimos que estudiamos el libro?

La respuesta a esa pregunta —más que cualquier dato— es lo que determina hasta dónde puede llegar nuestra comprensión del problema.

II. Qué es este estudio — y por qué importa

Antes de someter un estudio a una crítica, conviene hacer un gesto que no siempre es habitual en el debate público: entender qué intenta hacer y reconocer el lugar que ocupa. No por cortesía, sino por precisión.

El estudio de la Cámara Colombiana del Libro no es un documento marginal. No es un ejercicio académico aislado ni una iniciativa individual. Es, en muchos sentidos, la voz organizada de uno de los gremios más influyentes del ecosistema editorial colombiano. Y eso importa.

Importa porque los diagnósticos que produce la Cámara no se quedan en el papel. Circulan entre editores, distribuidores, libreros, funcionarios públicos, diseñadores de política cultural, organismos de cooperación y, cada vez más, actores del mundo digital. Alimentan decisiones. Orientan conversaciones. En algunos casos, terminan convirtiéndose en insumo para la formulación de políticas o para la asignación de recursos.

En otras palabras: no es solo un estudio. Es un dispositivo de interpretación del sector. En su formulación más explícita, el documento busca responder a una pregunta concreta: ¿qué está ocurriendo con el libro digital en Colombia? Para hacerlo, organiza datos sobre producción editorial, ventas, formatos, plataformas, tipos de contenido y usos reportados. Intenta, en suma, ofrecer una radiografía del estado actual del ecosistema digital del libro.

Esa intención es legítima. Más aún: es necesaria. En un momento en el que las transformaciones tecnológicas están reconfigurando la manera en que se produce, distribuye y consume contenido, cualquier esfuerzo por entender esas dinámicas resulta valioso. El sector editorial no puede darse el lujo de operar a ciegas frente a cambios que afectan directamente su sostenibilidad y su relación con los lectores.

Además, el estudio tiene méritos evidentes. Sistematiza información dispersa, organiza tendencias, pone sobre la mesa cifras que, de otro modo, serían difíciles de consolidar. Permite, por ejemplo, identificar con claridad que el libro digital ha crecido en producción pero sigue siendo marginal en términos de ingresos, o que su uso está fuertemente concentrado en ámbitos educativos y técnicos. Ese tipo de hallazgos no son menores.

Sería injusto ignorarlo.

Sin embargo, reconocer estos aportes no implica aceptar sin más el alcance del estudio. Porque una cosa es que un documento sea útil y otra, muy distinta, es que sea suficiente para explicar el fenómeno que pretende abordar.

Y es ahí donde empieza la incomodidad.

El problema no está en que el estudio esté mal hecho en términos técnicos. No se trata de errores evidentes, de inconsistencias groseras o de negligencia metodológica. El problema es más profundo y, por eso mismo, más difícil de señalar: el estudio parece responder con relativa solvencia a una pregunta que, en sí misma, es insuficiente.

Preguntar por el estado del libro digital no es lo mismo que preguntar por el estado de la lectura en entornos digitales. Y esa diferencia, que puede parecer sutil, es en realidad decisiva.

Porque al centrar su atención en el libro —aunque sea en su versión digital— el estudio reproduce una lógica que ya conocemos: la de tomar el objeto como punto de partida y asumir que, a partir de su circulación, podemos inferir lo que ocurre con la práctica que lo rodea. Es la misma lógica que, durante décadas, llevó a pensar que producir y distribuir libros era equivalente a fomentar la lectura.

Pero esa equivalencia, como ya hemos visto, nunca se sostuvo del todo.

En este sentido, el estudio de la Cámara no es simplemente un diagnóstico sobre el presente del libro digital. Es también una continuidad de esa forma de entender el campo: una forma que privilegia lo medible, lo visible, lo transable —producción, ventas, formatos— y que, al hacerlo, deja en segundo plano aquello que resulta más difícil de capturar, pero que es esencial para comprender el fenómeno: la experiencia lectora, las prácticas culturales, las mediaciones, las condiciones sociales en las que ocurre —o no ocurre— la lectura.

Por eso, más que preguntarnos si las cifras son correctas, lo que este ensayo propone es algo más incómodo: preguntarnos si el estudio está mirando en la dirección adecuada.

Porque un buen diagnóstico no depende únicamente de la calidad de sus datos. Depende, sobre todo, de la pertinencia de su mirada.

III. El problema de origen: un objeto mal definido

Si el estudio de la Cámara Colombiana del Libro presenta limitaciones, no es, en primer lugar, por un problema de datos ni por un defecto técnico en su elaboración. No estamos ante un documento descuidado, ni ante un ejercicio superficial. Por el contrario, se trata de un esfuerzo ordenado, con una intención clara de sistematizar información y ofrecer una lectura del estado del libro digital en el país.

El problema es anterior. Más estructural. Más difícil de corregir. Tiene que ver con aquello que el estudio cree estar observando.

Porque toda investigación —incluso la más rigurosa— está condicionada por la manera en que define su objeto. No se trata solo de cómo se mide, sino de qué se decide medir. Y esa decisión, que muchas veces pasa desapercibida, es la que determina el alcance real del conocimiento que se produce.

En este caso, el punto de partida es claro: el estudio asume que, al analizar el comportamiento del libro —en particular, del libro digital—, está capturando de manera indirecta el fenómeno de la lectura. Pero esa equivalencia no es evidente. Y, en el contexto colombiano, resulta especialmente problemática.

Durante décadas, la política pública del libro en el país ha operado bajo una premisa similar: si se producen más libros, si se distribuyen mejor, si se fortalecen las editoriales, la lectura aparecerá como consecuencia. Esa lógica organizó leyes, decretos, incentivos fiscales y programas institucionales. Sin embargo, como ya se ha señalado en esta serie, esa apuesta dejó un vacío persistente: el lector como sujeto concreto quedó fuera del centro de la política.

El estudio que hoy analizamos parece heredar esa misma estructura conceptual. No como error puntual, sino como continuidad.

3.1 Confundir libro con lectura

El primer problema es, entonces, una confusión de base: tomar el libro como proxy de la lectura.

El estudio mide producción editorial, ventas, formatos digitales, descargas, tipos de contenido, canales de acceso. Todo eso permite construir una imagen relativamente clara de cómo circula el libro en su dimensión material o comercial. Es información valiosa, sin duda. Pero esa circulación no equivale, necesariamente, a la existencia de una práctica lectora.

Un libro puede ser producido y no leído. Puede ser comprado y no abierto.
Puede ser descargado y abandonado en segundos. Puede ser asignado en una escuela y nunca convertirse en experiencia. Esta distancia entre el objeto y la práctica no es un detalle menor: es el núcleo del problema. Medir el libro es medir el objeto. La lectura, en cambio, ocurre en otro plano.

Ocurre en la relación entre el texto y el lector. En la atención que se le dedica, en la comprensión que se construye, en el vínculo —a veces frágil, a veces duradero— que se establece con lo leído. Ocurre, incluso, en la decisión de abandonar un texto, de no continuar, de no volver.

Nada de eso aparece en el estudio.

Y no aparece no porque sea irrelevante, sino porque resulta mucho más difícil de capturar. Pero precisamente por eso es donde se juega el problema.

Este desplazamiento —del lector al libro— no es accidental. Es una forma de simplificación. El objeto es medible, cuantificable, trazable. El lector, en cambio, es una entidad compleja, atravesada por variables sociales, culturales, emocionales, pedagógicas. Medir lectores exige otro tipo de herramientas. Otro tipo de preguntas.

Y, sobre todo, otra ambición conceptual.

3.2 Confundir acceso con uso

Una segunda confusión se deriva de la anterior: la tendencia a equiparar acceso con uso.

El estudio incorpora categorías como “consulta”, “descarga”, “acceso a contenidos digitales”. En términos operativos, estas métricas son comprensibles: son las que permiten cuantificar el comportamiento en entornos digitales. Pero su interpretación suele deslizarse hacia una conclusión más ambiciosa de lo que realmente permiten sostener.

Acceder a un contenido no es lo mismo que leerlo. Descargar un libro no implica recorrerlo.
Abrir un archivo no equivale a comprenderlo. Este punto es crucial porque revela un problema epistemológico: la ilusión de que más datos equivalen a más comprensión.

El entorno digital ha multiplicado exponencialmente la cantidad de información disponible sobre el comportamiento de los usuarios. Sabemos cuántas veces se abre un archivo, cuánto tiempo permanece alguien en una página, qué contenidos se consultan con mayor frecuencia. Pero esa trazabilidad no resuelve el problema central: no sabemos qué está ocurriendo en la experiencia de lectura.

No sabemos si hay atención sostenida o dispersión. No sabemos si hay comprensión o simple escaneo. No sabemos si hay apropiación o abandono.

Y, sin embargo, muchas veces hablamos como si esos datos fueran suficientes para inferir la existencia de una práctica lectora.

Esta confusión no es nueva. Ya estaba presente en las primeras políticas del libro que apostaban por la distribución como mecanismo suficiente para producir lectura. Como si el simple hecho de poner libros en circulación garantizara su apropiación cultural.

Lo que el entorno digital hace es sofisticar esa ilusión.

Antes se contaban libros distribuidos. Hoy se cuentan archivos abiertos. Pero el problema de fondo permanece intacto. Porque entre el acceso y la lectura hay una distancia que no se puede eliminar con métricas.

Esa distancia está mediada por factores que el estudio no captura: el contexto educativo, la calidad de la mediación, las condiciones de atención, la relación previa del lector con la lectura, el entorno familiar, incluso las formas contemporáneas de consumo cultural fragmentado.

Sin esa dimensión, el dato pierde profundidad. Se vuelve superficie.

3.3 Confundir industria con ecosistema

Hay, además, una tercera reducción que atraviesa el estudio: la identificación del campo del libro con su dimensión industrial.

El foco está puesto en editoriales, formatos, canales de distribución, plataformas. Es decir, en los actores y procesos que hacen posible la producción y circulación del libro como mercancía cultural. Esa dimensión es fundamental. Pero no agota el fenómeno.

El ecosistema de la lectura es más amplio.

Incluye, por ejemplo, a los mediadores: docentes, bibliotecarios, familias. Incluye las instituciones educativas, los espacios comunitarios, las bibliotecas públicas —no como infraestructura abstracta, sino como lugares concretos donde ocurren prácticas. Incluye también los contextos sociales en los que se construye —o no— el hábito lector. Y, sobre todo, incluye algo que rara vez aparece en estos estudios: la experiencia situada del lector.

El problema de reducir el campo a su dimensión industrial es que produce una imagen incompleta del sistema. Describe con cierto detalle cómo se producen y circulan los libros, pero no logra explicar cómo —y si— esos libros se convierten en experiencia de lectura.

Es una limitación que ya hemos visto en otros niveles del análisis del sector. Hemos visto cómo la fragilidad de las editoriales independientes no se explica solo por decisiones empresariales, sino por condiciones estructurales del mercado.
Hemos visto cómo la concentración editorial redefine las condiciones de circulación y visibilidad de los catálogos.  Hemos visto cómo la política pública ha privilegiado el objeto libro por encima del lector.

Este estudio, de alguna manera, reproduce ese mismo patrón: mira el sistema desde el lado de la oferta, pero deja en la penumbra el lado de la experiencia. Y es ahí donde el problema se vuelve más evidente.

Porque el ecosistema de la lectura no se activa únicamente por la existencia de libros. Se activa por la interacción entre múltiples capas: producción, sí, pero también mediación, acceso real, condiciones de uso, prácticas culturales, trayectorias educativas.

Cuando esas capas no se observan en conjunto, lo que aparece es una ilusión de comprensión.

Sabemos mucho sobre cómo circulan los libros. Sabemos poco sobre cómo se construyen los lectores.

3.4 Una consecuencia inevitable

Estas tres confusiones —libro por lectura, acceso por uso, industria por ecosistema— no son errores aislados. Son efectos de una misma decisión de fondo: reducir el fenómeno a aquello que resulta más fácilmente medible.

El resultado es un tipo de conocimiento que describe bien una parte del sistema, pero que no logra explicar su funcionamiento en conjunto.

Y, sobre todo, que no logra responder la pregunta central que atraviesa este ensayo —y, en realidad, toda la serie—: ¿Por qué, a pesar de tener libros, no logramos consolidar lectores?

El estudio no responde esa pregunta. No porque no tenga datos suficientes, sino porque no está mirando allí. Y esa es, tal vez, su limitación más profunda: no lo que dice, sino lo que no alcanza a ver.

3.5 El único lugar donde sí podemos medir la lectura… y lo que revela

Hay, sin embargo, un punto en el estudio que merece ser llevado hasta sus últimas consecuencias.

El propio documento reconoce que el libro digital en Colombia no se ha consolidado como un mercado de consumo general, sino que encuentra su principal dinamismo en el ámbito académico y científico. Es allí donde se concentran las publicaciones, los accesos y, en buena medida, las formas más estables de circulación digital.

Este dato, leído de manera superficial, podría interpretarse como una señal positiva: al menos en ese segmento, el libro digital funciona. Hay producción, hay acceso, hay uso.

Pero ese mismo segmento tiene una particularidad que lo vuelve especialmente revelador. Es el único espacio del ecosistema del libro donde sí contamos con métricas relativamente robustas de lectura. La literatura científica no solo se produce: se mide. Su impacto se evalúa a través de sistemas de citación, índices bibliométricos, factores de impacto, índices h.

En otras palabras, en este campo no solo sabemos cuántos textos circulan, sino —al menos de manera indirecta— qué textos son leídos, retomados, utilizados por otros. La cita no es una medida perfecta de lectura, pero es una de las más cercanas que tenemos. Citar implica haber leído, haber comprendido, haber incorporado un trabajo en una cadena de producción de conocimiento. Es, en ese sentido, un rastro de uso efectivo del texto.

Y es precisamente aquí donde aparece un dato incómodo.

La producción científica en Colombia ha crecido de manera sostenida en las últimas décadas. El país ha alcanzado cifras históricas de publicaciones anuales, superando los 20.000 documentos en un solo año y aumentando su participación en la producción global.

Sin embargo, ese crecimiento no se traduce necesariamente en impacto.

Distintos análisis coinciden en señalar una tensión persistente: hay cantidad, pero poco uso. Hay producción, pero baja circulación efectiva dentro de la comunidad científica internacional. Como lo han señalado desde el propio sistema de ciencia del país, “tenemos mucha cantidad y muy poco impacto” [https://medellin.unal.edu.co/~maescen/index.php/noticias-de-interes/22-en-colombia-publican-articulos-cientificos-que-pocos-citan], es decir, los artículos se publican, pero son poco citados. Esto no es un problema menor.

Porque si en el único segmento donde podemos aproximarnos a la lectura mediante indicadores relativamente sólidos encontramos niveles bajos de citación —e incluso casos en los que los artículos no son citados en absoluto—, lo que aparece no es una excepción, sino una señal estructural.

Incluso allí donde la lectura es condición para la producción —la ciencia no puede avanzar sin leer—, los textos circulan menos de lo que cabría esperar. Esto obliga a introducir una incomodidad adicional en el análisis.

Si en el campo académico, donde existen incentivos institucionales para leer, donde la lectura forma parte del trabajo cotidiano, donde hay comunidades especializadas que dependen del intercambio de conocimiento, el nivel de uso efectivo de los textos es limitado, ¿qué podemos esperar en otros segmentos del ecosistema?

¿Qué ocurre en la literatura general, donde no hay sistemas de medición equivalentes, donde la lectura no es una obligación profesional, donde las mediaciones son más frágiles y las condiciones de acceso más desiguales?

En ese contexto, las métricas del estudio de la Cámara —basadas en acceso, descarga o consulta— adquieren un matiz distinto. No porque sean incorrectas, sino porque resultan insuficientes frente a lo que ya sabemos en el único campo donde la lectura deja huella medible.

El contraste es revelador.

En el estudio, el libro académico aparece como el espacio donde el libro digital “funciona”. Pero cuando se observa ese mismo espacio desde la perspectiva de la citación, lo que aparece es una circulación limitada, un impacto restringido, una lectura que no alcanza a consolidarse plenamente.

Esto no invalida el dato inicial, pero lo complejiza de manera significativa. Porque sugiere que incluso en el segmento más favorable para el libro digital —aquel donde hay instituciones, plataformas, hábitos de uso más estables— la relación entre producción y lectura efectiva está lejos de ser proporcional.

Y esto nos devuelve, una vez más, al problema central del ensayo. El problema no es la ausencia de textos. Es la dificultad de convertir esos textos en experiencia.

Lo que el campo científico muestra, en este sentido, es casi una advertencia. Si incluso allí —donde todo está alineado para que la lectura ocurra— el uso efectivo de los textos es limitado, entonces el problema no puede reducirse a la disponibilidad, ni al formato, ni siquiera a la accesibilidad técnica.

Es un problema más profundo. Un problema de circulación real del conocimiento. Un problema de conexión entre producción y uso. Un problema, en última instancia, de lectura.

Y tal vez sea este el punto más incómodo de todos.

No estamos simplemente frente a un problema de medición insuficiente en el campo editorial. Estamos frente a un sistema que ha aprendido a producir —y a medir su producción— sin necesidad de garantizar su lectura. Y lo más inquietante es que esto ocurre incluso en el único espacio donde leer no es opcional, sino condición de posibilidad: la ciencia.

IV. Problemas metodológicos — lo que el estudio no logra ver

Si en la sección anterior señalábamos un problema de definición del objeto (el estudio confunde libro con lectura, acceso con uso e industria con ecosistema), aquí es necesario entrar en el terreno propiamente metodológico. No para hacer una crítica técnica en sentido estrecho, sino para mostrar cómo ciertas decisiones —aparentemente neutras— terminan configurando los límites de lo que el estudio puede conocer.

En ese sentido, el problema no es que falten datos ni que el estudio esté mal construido en términos formales. El problema es más exigente: la arquitectura metodológica adoptada produce un tipo de conocimiento que, aunque ordenado y útil en ciertos niveles, resulta insuficiente para comprender el fenómeno de la lectura en su complejidad.

4.1 Muestra incompleta: el sesgo estructural

El primer punto crítico se encuentra en la delimitación del universo de análisis. El estudio se construye, en gran medida, a partir de información proveniente de editoriales formales y de actores reconocidos dentro del circuito institucional del libro. Esta decisión no es arbitraria: responde al campo de acción del propio gremio y a la disponibilidad de datos sistematizables.

Sin embargo, esa delimitación introduce un sesgo estructural que condiciona los resultados.

Al concentrarse en el sistema formal, el estudio deja por fuera —o incorpora de manera marginal— dimensiones que hoy resultan centrales para entender la lectura contemporánea. Entre ellas, la circulación de contenidos en plataformas digitales no editoriales, las formas de consumo juvenil que combinan texto, imagen y video, así como la amplia zona de informalidad que caracteriza el acceso a contenidos escritos en muchos contextos del país.

Estas prácticas no son periféricas. En muchos casos, son dominantes, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Ignorarlas no implica simplemente un vacío descriptivo; implica construir una representación parcial del sistema.

El resultado es una tensión evidente: el estudio logra describir con cierto detalle el funcionamiento del sistema formal del libro, pero ese sistema no coincide con el sistema real de lectura. En otras palabras, ofrece una imagen precisa de una parte del fenómeno, pero insuficiente para comprenderlo en su totalidad.

Desde esta perspectiva, la afirmación se vuelve inevitable: el estudio describe el sistema formal, no el sistema real.

4.2 Categorías débiles: la ausencia de una teoría de la lectura

A este sesgo en la muestra se suma un segundo problema, relacionado con la calidad de las categorías analíticas. Conceptos como “lectura digital” o “uso de libro digital” aparecen en el estudio como si fueran unidades relativamente claras, pero en realidad funcionan como agregados que reúnen prácticas profundamente heterogéneas.

Bajo la categoría de “lectura digital” pueden incluirse experiencias tan distintas como la lectura sostenida de un libro completo, la consulta puntual de un texto académico, el recorrido superficial de un documento o la interacción fragmentaria con contenidos narrativos en plataformas digitales. Desde el punto de vista de la medición, esta agregación facilita la construcción de indicadores; desde el punto de vista del análisis, diluye las diferencias que permitirían comprender el fenómeno con mayor precisión.

El problema no es únicamente terminológico. Es conceptual.

Cuando categorías tan amplias se utilizan sin mayor diferenciación, lo que se pierde es la posibilidad de distinguir entre formas de lectura que implican distintos niveles de atención, comprensión y vínculo con el texto. La lectura sostenida no es equivalente a la consulta fragmentaria, así como el escaneo rápido de información no puede equipararse con una experiencia de interpretación profunda.

En ese sentido, el estudio no solo simplifica el fenómeno; lo empobrece.

Más aún, esta simplificación revela una ausencia de fondo: no hay en el estudio una teoría clara de qué significa leer en el contexto contemporáneo. La lectura aparece como una actividad implícita, casi obvia, que no requiere ser definida ni problematizada. Sin embargo, en un momento histórico en el que las formas de atención, los dispositivos y las prácticas culturales están en transformación, esa definición se vuelve indispensable.

Sin una teoría de la lectura, las categorías se vuelven inestables. Y cuando las categorías son inestables, las conclusiones que se derivan de ellas también lo son.

4.3 La ausencia de infancia y juventud: el punto ciego del sistema

Si hay un lugar donde esta limitación metodológica se vuelve crítica, es en la ausencia de una mirada específica sobre infancia y juventud.

El estudio presenta datos agregados sobre consumo digital y acceso a contenidos, pero no desarrolla una comprensión diferenciada de cómo se construyen los hábitos lectores en las primeras etapas de la vida. No hay un análisis sistemático de la relación entre infancia y lectura, ni de las condiciones en las que esa relación se fortalece o se debilita.

Esto no es una omisión menor.

Es en la infancia donde se configuran las disposiciones fundamentales frente a la lectura: la capacidad de sostener la atención, el vínculo emocional con los textos, la asociación entre lectura y placer o entre lectura y obligación. Es también en ese momento donde intervienen mediaciones decisivas, como la familia, la escuela y los entornos culturales inmediatos.

A esto se suma un elemento contemporáneo ineludible: la relación con las pantallas. Las nuevas generaciones no solo acceden a contenidos digitales; se forman dentro de ecosistemas de alta estimulación, donde la lectura compite con múltiples formas de consumo cultural que operan bajo lógicas de inmediatez y fragmentación.

Sin embargo, el estudio no explora de manera específica:

  • los hábitos lectores tempranos
  • la relación entre lectura y uso de pantallas
  • el papel de la mediación familiar

Al no hacerlo, deja fuera el espacio donde, en última instancia, se define el futuro del sistema lector.

En este punto, la crítica debe ser formulada con claridad: el estudio no ve el único lugar donde se decide el futuro de la lectura.

4.4 La ausencia de dimensión cualitativa: el lector como experiencia ausente

Finalmente, la limitación más profunda del estudio se encuentra en la ausencia casi total de una dimensión cualitativa.

El documento está construido a partir de variables cuantificables: número de títulos, volumen de ventas, frecuencia de acceso, tipos de formato. Este enfoque permite ordenar la información y detectar ciertas tendencias, pero deja por fuera una dimensión esencial: la experiencia de lectura.

No sabemos, a partir del estudio, cómo leen las personas.
No sabemos por qué abandonan un texto.
No sabemos qué emociones intervienen en la relación con la lectura.

La lectura no es únicamente un comportamiento observable; es una práctica cultural compleja, situada, atravesada por factores sociales, educativos y afectivos. Entender esa práctica requiere herramientas que exceden la medición cuantitativa: observación, entrevistas, reconstrucción de trayectorias, análisis de contextos.

La ausencia de esta dimensión tiene una consecuencia directa: el lector desaparece como sujeto. Permanece como una unidad estadística, como un agregado de comportamientos, pero no como una experiencia concreta que pueda ser comprendida en su complejidad.

En ese desplazamiento, el estudio gana en claridad descriptiva, pero pierde en capacidad explicativa.

Y es precisamente ahí donde se conecta con la hipótesis más amplia de esta serie: el problema del libro en Colombia no puede entenderse únicamente desde la producción, la circulación o la medición de datos. Es, ante todo, un problema de prácticas, de mediaciones, de experiencias.

Un problema de lectura.

Mientras esa dimensión no sea incorporada de manera sistemática en los estudios del sector, seguiremos acumulando información sobre los libros sin lograr comprender qué ocurre —o por qué no ocurre— cuando alguien se enfrenta a ellos.

Porque, en última instancia, no se trata de medir mejor. Se trata de entender mejor.

V. Lo que el estudio sí hace bien — una necesaria justicia intelectual

Una crítica rigurosa no puede limitarse a señalar las limitaciones de un estudio sin reconocer, al mismo tiempo, aquello que sí logra hacer con solvencia. No por equilibrio retórico, sino por precisión analítica. En el caso del documento de la Cámara Colombiana del Libro, ese reconocimiento es particularmente importante, tanto por el lugar que ocupa en el ecosistema editorial como por el tipo de trabajo que efectivamente realiza.

En primer lugar, el estudio representa un esfuerzo significativo de sistematización de información en un campo que, históricamente, ha carecido de datos organizados y comparables. La producción editorial, la circulación de contenidos y, en particular, las dinámicas del libro digital no siempre han contado con instrumentos claros de medición en Colombia. En ese contexto, reunir, ordenar y presentar información dispersa ya constituye un aporte relevante.

Este punto no es menor. Sin este tipo de ejercicios, el sector operaría con un nivel aún mayor de incertidumbre, apoyado más en intuiciones que en evidencia. El estudio contribuye, en ese sentido, a construir una base mínima de información compartida, que permite a distintos actores —editores, distribuidores, instituciones— situarse frente a ciertas tendencias del mercado.

En segundo lugar, el documento ofrece datos sectoriales que, aunque parciales, resultan útiles para comprender el comportamiento de la industria en su dimensión formal. La evolución de los formatos digitales, la relación entre producción e ingresos, la participación de distintos tipos de contenido, así como la identificación de canales de distribución y acceso, constituyen elementos que permiten delinear una imagen del estado actual del sector.

Estos datos no explican el fenómeno en su totalidad, pero sí aportan una cartografía inicial de su funcionamiento. Permiten, por ejemplo, dimensionar la distancia entre el crecimiento en la producción digital y su peso relativo en el mercado, o identificar la concentración del consumo en determinados ámbitos. Para quienes toman decisiones dentro del sector editorial, este tipo de información puede resultar valiosa, en la medida en que orienta estrategias y permite ajustar expectativas.

Un tercer aporte del estudio radica en su capacidad para identificar tendencias que, aunque ya intuibles, adquieren mayor claridad al ser organizadas de manera sistemática. Entre ellas, quizá la más relevante es la constatación de que el libro digital en Colombia no se ha consolidado como un mercado de consumo general, sino que se encuentra fuertemente concentrado en el ámbito educativo y técnico.

Este hallazgo, en particular, merece ser subrayado. Permite entender que el crecimiento del libro digital no responde, principalmente, a una transformación de los hábitos culturales de lectura en sentido amplio, sino a su integración en sistemas institucionales de uso —plataformas educativas, contenidos académicos, materiales de consulta— donde la lectura cumple una función instrumental.

Desde esta perspectiva, el estudio aporta un elemento de realidad frente a ciertos discursos que, durante años, han proyectado el libro digital como una sustitución inminente del libro impreso o como una transformación radical del comportamiento lector. Lo que muestra, en cambio, es una transición más lenta, más localizada y, en muchos casos, más funcional que cultural.

Este tipo de precisión resulta valiosa, especialmente en un campo donde las narrativas suelen adelantarse a los datos. Sin embargo, es precisamente en este punto donde se vuelve necesario introducir un matiz fundamental. El valor del estudio es, ante todo, descriptivo.

Es decir, permite ver qué está ocurriendo en ciertos segmentos del sistema, cómo se comportan determinadas variables, qué tendencias pueden identificarse a partir de la información disponible. En ese sentido, cumple una función importante: ordenar el campo, ofrecer una primera lectura, generar un punto de partida para la conversación.

Pero esa capacidad descriptiva no se traduce, necesariamente, en capacidad explicativa.

El estudio muestra, por ejemplo, que el libro digital crece en producción pero no en ingresos, o que su uso se concentra en contextos educativos. Lo que no logra hacer —y, en rigor, tampoco se propone— es explicar por qué esas dinámicas se producen, qué condiciones las hacen posibles o qué implicaciones tienen para la formación de lectores en el país.

En otras palabras, el estudio responde con cierta solvencia a la pregunta “qué está pasando”, pero deja abierta —y en gran medida sin abordar— la pregunta “por qué está pasando”.

Y esa diferencia no es menor.

Porque, como hemos visto a lo largo de este ensayo, el problema de la lectura en Colombia no es simplemente un problema de información insuficiente, sino de comprensión incompleta. Mientras los estudios se mantengan en el nivel descriptivo, seguiremos teniendo mapas del territorio, pero no necesariamente herramientas para intervenir en él de manera efectiva.

Reconocer el valor del estudio en su justa medida implica, entonces, situarlo correctamente: no como una explicación del fenómeno, sino como una aproximación parcial a una de sus dimensiones.

Una pieza útil dentro de un rompecabezas mucho más amplio.

Y, precisamente por eso, un punto de partida —no de llegada— para la discusión que este ensayo propone abrir.

VI. El problema de fondo: pobreza conceptual

Llegados a este punto, la crítica ya no puede permanecer en el nivel metodológico ni en el reconocimiento de aciertos parciales. Es necesario formular con claridad el problema de fondo, aquel que atraviesa el estudio en su conjunto y que explica tanto sus alcances como sus límites.

Ese problema es, en esencia, conceptual.

No se trata de una insuficiencia de datos, ni de una debilidad técnica en la construcción del instrumento. Se trata de algo más estructural: la ausencia de un marco teórico capaz de sostener la complejidad del fenómeno que se pretende analizar.

Dicho de manera directa, el estudio resulta limitado porque no tiene una teoría del lector, no tiene una teoría de la lectura y no tiene una teoría del ecosistema en el que ambas cosas ocurren. En su lugar, lo que ofrece es un conjunto organizado de métricas sobre la industria del libro.

Y esa sustitución —de teoría por medición— es lo que determina, en última instancia, su alcance.

Una teoría del lector implicaría, por ejemplo, preguntarse quién es ese sujeto que aparece implícitamente en las estadísticas. No como una categoría abstracta, sino como una figura situada: con trayectorias educativas específicas, con condiciones materiales concretas, con relaciones diferenciadas frente a la cultura escrita. Implicaría reconocer que no existe un lector homogéneo, sino múltiples formas de relación con el texto, atravesadas por variables sociales, generacionales y territoriales. Nada de esto aparece en el estudio.

El lector está presente como número, como frecuencia de acceso, como comportamiento agregado. Pero no como sujeto. Esta ausencia no es menor. Porque sin una teoría del lector, cualquier dato sobre consumo o acceso pierde profundidad. Se convierte en una superficie que describe sin explicar, que muestra sin interpretar.

Algo similar ocurre con la lectura misma. El estudio asume, de manera implícita, que leer es una actividad suficientemente evidente como para no requerir definición. Sin embargo, en el contexto contemporáneo, esa evidencia ya no puede darse por sentada.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. Las condiciones de atención han cambiado, los dispositivos han transformado las formas de interacción con el texto, los entornos digitales han introducido nuevas lógicas de fragmentación y simultaneidad. La lectura puede ser sostenida o intermitente, profunda o superficial, lineal o discontinua. Puede implicar comprensión o simple navegación.

Sin una teoría de la lectura que permita distinguir entre estas formas, las categorías utilizadas por el estudio se vuelven inevitablemente débiles. Agrupan prácticas distintas bajo un mismo nombre y, al hacerlo, diluyen aquello que sería necesario comprender.

El problema no es solo que no se mida bien la lectura. Es que no se ha definido qué significa leer en el presente. A esto se suma una tercera ausencia: la falta de una teoría del ecosistema.

El estudio observa el libro como objeto dentro de una cadena productiva, pero no logra situarlo dentro de la red más amplia de relaciones que hacen posible —o que impiden— la experiencia lectora. No hay una comprensión articulada de cómo interactúan las editoriales, las escuelas, las bibliotecas, las familias, las plataformas digitales y los contextos sociales en la construcción de hábitos de lectura.

El libro aparece como una unidad aislada que circula. Pero la lectura no ocurre en unidades aisladas. Ocurre en sistemas.

Esta carencia conceptual no es exclusiva de este estudio. Se inscribe en una tendencia más amplia que atraviesa el campo del libro en Colombia, y que esta serie de ensayos ha venido señalando desde distintos ángulos.

Hemos visto, por ejemplo, cómo el país ha desarrollado políticas del libro sin construir un sistema de lectura que las sostenga, organizando la producción y la distribución sin garantizar las condiciones para la formación de lectores.

Hemos analizado la fragilidad de las editoriales independientes, que han logrado construir proyectos culturales valiosos sin contar, muchas veces, con una arquitectura empresarial capaz de sostenerlos en el tiempo.

Hemos observado la concentración del mercado editorial, que redefine las condiciones de circulación y visibilidad de los libros, afectando la diversidad efectiva del ecosistema.

Y hemos señalado las limitaciones de la infraestructura de circulación, donde el problema no es la producción de libros, sino su capacidad de llegar a los lectores en condiciones reales de acceso.

En todos estos casos, aparece un patrón común: la existencia de estructuras parciales, fragmentadas, que operan sin una articulación sistémica clara. Políticas sin sistema. Empresas sin estructura. Mercado concentrado. Circulación débil. Lo que este estudio añade a esa serie de diagnósticos es un elemento adicional: una investigación sin marco.

Es decir, un intento de comprender el campo que reproduce, en el plano del conocimiento, las mismas limitaciones que ya existen en el plano de la política, la empresa y el mercado.

El resultado es un tipo de análisis que, aunque ordenado y útil en ciertos niveles, no logra elevarse hacia una comprensión más amplia del fenómeno. Se queda en la superficie de los datos, en la descripción de tendencias, en la medición de variables que, por sí solas, no explican el problema.

En este punto, la crítica debe ser formulada con claridad, pero también con cuidado.

No se trata de descalificar el estudio ni de negar su utilidad. Se trata de ubicarlo en su justo lugar. De reconocer que, sin un marco conceptual más robusto, cualquier esfuerzo de medición estará condenado a producir un conocimiento parcial.

La limitación conceptual no es un defecto menor. Es estructural.

Y mientras no se aborde, seguiremos produciendo estudios que hablan con precisión sobre los libros, pero que dicen poco (o nada) sobre la lectura. Ese es, en última instancia, el problema de fondo: no la falta de datos, sino la falta de una teoría capaz de darles sentido.

VII. Entonces, ¿cómo debería hacerse esto bien?

Si la crítica anterior tiene algún sentido, no puede agotarse en señalar las limitaciones del estudio. Debe abrir, necesariamente, una pregunta más exigente: ¿qué implicaría investigar el campo del libro y la lectura de una manera que esté a la altura del problema?

No se trata de pedir estudios “más completos” en un sentido genérico, ni de acumular más variables o más tablas. Se trata de replantear el enfoque desde el cual se construye el conocimiento. En otras palabras: cambiar la pregunta antes que perfeccionar la respuesta.

Porque, hasta ahora, buena parte de los estudios del sector han girado alrededor de interrogantes como: ¿cuántos libros se producen?, ¿cuántos se venden?, ¿en qué formatos circulan?, ¿qué plataformas crecen? Son preguntas necesarias, pero insuficientes. Si queremos entender la lectura —y no solo el libro—, la investigación debe desplazarse hacia otro tipo de cuestiones: ¿cómo se forman los lectores?, ¿en qué condiciones se sostiene o se pierde el hábito lector?, ¿qué mediaciones lo hacen posible?, ¿qué papel juegan la escuela, la familia y el entorno cultural?

Este desplazamiento implica, en primer lugar, abandonar la idea de que el fenómeno puede ser capturado desde una sola dimensión. La lectura no es únicamente un hecho económico ni exclusivamente un proceso educativo. Es una práctica cultural compleja, que exige ser abordada desde múltiples capas.

Una investigación a la altura del problema debería, por tanto, articular al menos cuatro dimensiones.

La primera es la dimensión cuantitativa, que no debe ser descartada, sino replanteada. Seguir midiendo producción, ventas y acceso es importante, pero esos datos deben cruzarse con variables que permitan entender su distribución real: edad, territorio, nivel socioeconómico, trayectoria educativa. No es lo mismo leer en Bogotá que en un municipio rural, ni hacerlo en un hogar con tradición lectora que en uno donde el libro está ausente. Sin ese cruce, las cifras permanecen abstractas.

La segunda es la dimensión cualitativa, que hasta ahora ha estado prácticamente ausente en los estudios sectoriales. Entender cómo se lee exige acercarse a las prácticas concretas: observar aulas, conversar con lectores, reconstruir trayectorias, analizar experiencias. ¿Qué hace que un niño quiera seguir leyendo? ¿Qué papel juega la emoción en la relación con el texto? ¿En qué momento se produce el abandono? Estas preguntas no pueden responderse con encuestas masivas ni con métricas de uso; requieren metodologías más lentas, más situadas, pero también más reveladoras.

La tercera es la dimensión ecosistémica. La lectura no ocurre en el vacío ni en una relación directa y aislada entre un individuo y un libro. Ocurre en una red de mediaciones: docentes que orientan, familias que acompañan —o no—, bibliotecas que funcionan —o no—, plataformas que facilitan —o dificultan— el acceso. Investigar la lectura implica mapear esas relaciones, entender cómo interactúan y dónde se rompen. En América Latina existen experiencias que apuntan en esa dirección: el trabajo de redes de bibliotecas públicas en países como Chile o Brasil, los programas de mediación comunitaria en Argentina, o las iniciativas de lectura en primera infancia impulsadas desde México. En todos estos casos, el foco no está en el libro como objeto, sino en el sistema que permite que ese objeto se convierta en experiencia.

La cuarta dimensión es longitudinal. Uno de los grandes problemas de los estudios actuales es su carácter estático: ofrecen fotografías de un momento determinado, pero no permiten ver procesos. Sin embargo, la formación de lectores es, por definición, un fenómeno temporal. Requiere seguir trayectorias, observar cómo evolucionan las prácticas, identificar momentos de ruptura o de consolidación. ¿Qué ocurre con un niño que tuvo contacto temprano con la lectura? ¿Qué pasa en la transición hacia la adolescencia? ¿Cómo inciden los cambios de entorno educativo? Sin este tipo de seguimiento, cualquier diagnóstico queda necesariamente incompleto.

A estas dimensiones habría que añadir una quinta, que resulta especialmente relevante en el contexto contemporáneo: la mediación tecnológica. No basta con registrar el uso de plataformas digitales; es necesario entender cómo estas configuran la experiencia de lectura. ¿Qué tipo de atención promueven? ¿Qué relación establecen entre texto, imagen y sonido? ¿Cómo dialogan —o compiten— con otras formas de consumo cultural? Aquí hay un campo aún poco explorado en la región, pero decisivo para el futuro del ecosistema lector.

Este conjunto de aproximaciones no constituye un modelo cerrado, sino una dirección de trabajo. Implica, además, un cambio en la forma de producir conocimiento: pasar de estudios aislados a sistemas de investigación más estables, que articulen universidades, instituciones culturales, redes de bibliotecas y actores del sector editorial. En algunos países de la región comienzan a aparecer intentos en esa línea, aunque todavía de manera fragmentaria.

En el caso colombiano, este cambio de enfoque tendría, además, un valor estratégico. Permitirá, por primera vez, alinear el diagnóstico con la complejidad del problema que se ha venido describiendo a lo largo de esta serie: un país con políticas del libro, pero sin sistema de lectura; con industria editorial, pero con fragilidad estructural; con oferta de libros, pero con dificultades persistentes para formar lectores.

Si algo ha mostrado la crítica al estudio de la Cámara es que no basta con medir mejor lo que ya se está midiendo. Es necesario ampliar el campo de visión.

Porque, en última instancia, el problema no es que no sepamos cuántos libros circulan.

El problema es que todavía no entendemos, con suficiente profundidad, cómo —y por qué— la lectura logra sostenerse en algunos contextos y fracasa en otros.

Y es ahí donde debería empezar, realmente, la investigación.

La sección anterior proponía un desplazamiento general: pasar de una mirada centrada en el libro a una comprensión más amplia de la lectura como práctica cultural. Sin embargo, ese desplazamiento solo adquiere sentido si se traduce en una transformación concreta de las preguntas y de los instrumentos de investigación. No basta con afirmar que el enfoque actual es insuficiente; es necesario mostrar, con cierto grado de precisión, cómo podría construirse una alternativa.

7.1 Cambiar la pregunta

Toda investigación está determinada, en última instancia, por la naturaleza de sus preguntas. Y en el campo del libro en Colombia —como en buena parte de América Latina— las preguntas han sido, durante décadas, sorprendentemente estables. ¿Cuántos libros se producen? ¿Cuántos se venden? ¿Qué formatos crecen? ¿Qué canales se consolidan?

Estas preguntas han sido útiles para describir la evolución de la industria, pero han resultado limitadas para comprender el problema que, en realidad, atraviesa el sistema: la formación de lectores.

Cambiar la pregunta implica, por tanto, un giro que es al mismo tiempo epistemológico y político. Significa dejar de asumir que la lectura es una consecuencia automática de la circulación de libros y empezar a tratarla como un fenómeno que requiere ser explicado en sí mismo.

En ese nuevo marco, las preguntas centrales deberían ser otras: ¿cómo se forman los lectores en contextos concretos?, ¿cómo circula la lectura más allá de los canales formales?, ¿qué condiciones permiten que el hábito lector se sostenga en el tiempo?, ¿qué factores lo interrumpen o lo debilitan?

Este desplazamiento no elimina la relevancia de las preguntas tradicionales, pero las reubica. Saber cuántos libros se venden sigue siendo importante, pero deja de ser el centro del análisis. Pasa a ser una variable dentro de un sistema más amplio, en el que lo decisivo no es la circulación del objeto, sino la construcción de la práctica.

En este punto, la crítica formulada al estudio de la Cámara encuentra su consecuencia natural: no se trata de medir mejor lo mismo, sino de medir otra cosa.

7.2 Una propuesta metodológica: articular dimensiones

Responder a estas nuevas preguntas exige una arquitectura metodológica distinta, capaz de integrar dimensiones que hasta ahora han sido tratadas de manera fragmentaria. Lo que se propone no es un modelo cerrado, sino un conjunto articulado de aproximaciones que, en su interacción, permitan capturar la complejidad del fenómeno.

A. Dimensión cuantitativa, pero situada

La dimensión cuantitativa no debe ser descartada. Por el contrario, sigue siendo indispensable para dimensionar el alcance de ciertas dinámicas: ventas, acceso, uso de plataformas, tiempo de lectura. El problema no es la existencia de estos datos, sino la manera en que se utilizan.

Una cuantificación más pertinente debería cruzar estas variables con factores que permitan entender su distribución real: edad, territorio, nivel socioeconómico, contexto educativo. No es lo mismo el uso de plataformas digitales en una ciudad capital que en una zona rural con conectividad limitada; no es lo mismo el acceso a libros en hogares con tradición lectora que en aquellos donde el libro está ausente.

Sin este tipo de cruces, los datos permanecen descontextualizados. Ofrecen una visión general, pero no permiten identificar las desigualdades ni las condiciones específicas en las que se construyen —o se frustran— las prácticas de lectura.

B. Dimensión cualitativa: entrar en la experiencia

Si hay una dimensión que debe incorporarse de manera decidida es la cualitativa. Entender la lectura implica acercarse a la experiencia concreta de los lectores.

Esto supone, por ejemplo, desarrollar etnografías de lectura que observen cómo se interactúa con los textos en distintos contextos; realizar estudios en aula que permitan entender el papel de la escuela en la formación —o desmotivación— de lectores; observar dinámicas en los hogares para identificar el lugar que ocupa la lectura en la vida cotidiana; y, sobre todo, escuchar a los propios lectores a través de entrevistas que reconstruyan sus trayectorias.

El objetivo de estas aproximaciones no es producir anécdotas, sino identificar patrones: por qué las personas leen, por qué abandonan, qué las engancha, qué condiciones facilitan la continuidad. Sin esta información, cualquier diagnóstico corre el riesgo de quedarse en la superficie de los comportamientos observables.

C. Dimensión ecosistémica: pensar en red

Uno de los aprendizajes más importantes de los ensayos anteriores es que el problema del libro en Colombia no puede entenderse desde actores aislados. La lectura no es el resultado de una relación directa entre un individuo y un objeto, sino de una red de mediaciones.

Una investigación adecuada debería mapear esa red: editoriales que producen, librerías que distribuyen, bibliotecas que facilitan el acceso, escuelas que median, familias que acompañan —o no—, plataformas digitales que configuran nuevas formas de interacción. Cada uno de estos actores cumple un papel, pero su impacto depende de cómo se articulan entre sí.

Pensar el sistema como una red permite, además, identificar puntos de ruptura: lugares donde la cadena se interrumpe, donde el libro no llega, donde la mediación falla, donde la experiencia no se consolida. Es en esos puntos donde la intervención resulta más necesaria.

D. Dimensión longitudinal: seguir procesos, no solo estados

Otro de los límites de los estudios actuales es su carácter estático. Ofrecen fotografías de un momento determinado, pero no permiten ver cómo evolucionan las prácticas en el tiempo.

Incorporar una dimensión longitudinal implica seguir cohortes de lectores a lo largo de diferentes etapas de su vida: infancia, adolescencia, juventud. Permite observar cómo se construyen —o se pierden— los hábitos, cómo inciden los cambios de entorno, qué momentos resultan críticos.

Este tipo de seguimiento es más exigente en términos metodológicos, pero ofrece una comprensión mucho más profunda del fenómeno. La lectura no es un estado, sino un proceso. Y solo puede entenderse como tal.

E. Dimensión de mediación: el lugar donde ocurre todo

Finalmente, hay una dimensión que articula todas las anteriores y que resulta central para cualquier proyecto que aspire a intervenir en el campo: la mediación.

La lectura no ocurre en el vacío. Requiere, en la mayoría de los casos, de mediadores: docentes que orientan, familias que acompañan, plataformas que facilitan o dificultan la experiencia. Entender el papel de estos mediadores es clave para explicar por qué la lectura se sostiene en algunos contextos y no en otros.

Esto implica analizar el rol del docente no solo como transmisor de contenidos, sino como facilitador de experiencias; el rol de la familia en la construcción temprana del vínculo con la lectura; y el papel de las plataformas digitales en la configuración de nuevas formas de atención.

En este punto, la conexión con propuestas como Chibalete+ resulta evidente: no se trata de ofrecer contenidos, sino de construir condiciones de mediación que hagan posible la experiencia lectora.

7.3 Abrir nuevas preguntas

Si este enfoque tiene alguna virtud, es que permite formular preguntas que hasta ahora han estado ausentes en el debate.

Preguntas que no se limitan a medir, sino que buscan comprender.

¿Qué hace que un niño quiera seguir leyendo más allá de la obligación escolar? ¿Qué papel juega la emoción en la construcción del vínculo con la lectura, especialmente en entornos digitales? ¿Cómo se configura la atención en contextos de alta fragmentación? ¿Qué diferencia a un lector ocasional de uno sostenido en el tiempo?

Estas preguntas no tienen respuestas inmediatas. Exigen investigación, pero también una disposición a complejizar el fenómeno. En última instancia, eso es lo que está en juego.

No simplemente producir mejores estudios, sino construir una forma de conocimiento capaz de estar a la altura del problema. Porque, como se ha señalado a lo largo de este ensayo, el desafío no es entender el libro: es entender la lectura.

VIII. Cierre — El problema no es el estudio, es el horizonte

Llegados a este punto, la crítica podría parecer cerrada: un estudio con limitaciones conceptuales, metodológicas y de alcance, incapaz de capturar la complejidad del fenómeno que pretende describir. Sin embargo, detenerse allí sería, en cierto modo, repetir el mismo error que se ha señalado a lo largo del ensayo: reducir el problema a una pieza específica del sistema, sin interrogar el marco más amplio que la hace posible.

Porque el problema, en rigor, no es el estudio. El problema es el horizonte desde el cual ese estudio se produce.

El documento de la Cámara Colombiana del Libro no es una anomalía. No es un caso aislado que se desvía de una tradición más sólida o más rigurosa. Es, por el contrario, una expresión coherente de la forma en que el campo del libro en Colombia —y, en buena medida, en América Latina— ha aprendido a pensarse a sí mismo.

Un campo que lleva décadas midiendo libros sin lograr comprender lectores.

Esta afirmación no es retórica. Puede rastrearse en las distintas capas que han sido analizadas a lo largo de esta serie.

En el plano normativo, hemos visto cómo el país construyó leyes del libro sin consolidar un sistema de lectura que les diera sentido. La política pública organizó la producción, incentivó la industria, promovió la distribución, pero dejó en un segundo plano la formación efectiva de lectores. El resultado fue una arquitectura institucional robusta en apariencia, pero débil en su capacidad de transformar la práctica social de la lectura.

En el plano empresarial, hemos observado la fragilidad de un ecosistema editorial que, a pesar de su riqueza cultural, carece muchas veces de estructuras sostenibles. Proyectos valiosos que dependen de equilibrios precarios, que enfrentan mercados limitados y que operan en condiciones de alta incertidumbre. Una industria que existe, pero que no siempre logra consolidarse.

En el plano del mercado, se ha señalado la concentración de la oferta y la dificultad de circulación. Libros que se producen pero no siempre llegan, catálogos que existen pero no encuentran lectores, una red de distribución que, en muchos casos, resulta insuficiente para garantizar el acceso efectivo.

Y, en el plano de la política cultural, hemos identificado una constante que atraviesa décadas: la tendencia a pensar el libro como objeto central, confiando en que su producción y circulación bastarán para generar lectura.

Lo que el análisis del estudio de la Cámara permite ver es que esa misma lógica se reproduce en el plano del conocimiento.

Investigaciones que organizan datos, que describen tendencias, que ofrecen cifras cada vez más precisas sobre la circulación de libros, pero que no logran responder la pregunta que debería estar en el centro: cómo se construyen —o por qué no se construyen— los lectores.

No es, entonces, un problema de ejecución. Es un problema de enfoque.

Mientras el campo siga organizado alrededor del libro como unidad principal de análisis, la lectura aparecerá como un efecto secundario, como una consecuencia esperada pero no investigada en sí misma. Y, en esa medida, seguirá escapando a la comprensión.

Esto no implica desestimar la importancia de los estudios existentes ni desconocer su utilidad. Implica, más bien, situarlos en su justo lugar: como aproximaciones parciales a un fenómeno que exige ser abordado desde otro horizonte.

Un horizonte en el que el libro no desaparezca, pero deje de ocupar el centro absoluto. Un horizonte en el que la lectura sea entendida como práctica, como proceso, como experiencia situada en contextos concretos. Un horizonte en el que las preguntas no se agoten en la producción y la circulación, sino que se extiendan hacia la mediación, la formación, la continuidad de los hábitos.

En ese sentido, la crítica que aquí se ha desarrollado no busca cerrar una discusión, sino abrirla. No pretende invalidar un estudio, sino señalar los límites de un modo de conocer que ha sido insuficiente para el problema que enfrenta.

Porque, al final, la pregunta no es si necesitamos más datos sobre el libro. La pregunta es si estamos dispuestos a cambiar la forma en que entendemos la lectura. Tal vez no necesitamos más estudios sobre el libro. Tal vez necesitamos, por fin, empezar a estudiar la lectura.

Epílogo — Lo que no dijimos (y por qué importa)

A lo largo de este ensayo hemos evitado, de manera deliberada, dos discusiones que suelen aparecer de forma casi automática en el campo del libro: la oposición entre lo digital y lo impreso, y la lectura del estudio desde los intereses gremiales que lo producen.

No fue un descuido, fue una decisión.

La primera, porque la pregunta por el formato —digital o papel— tiende a desplazar el problema hacia un terreno cómodo, casi anecdótico, donde la discusión se resuelve en preferencias, tendencias de mercado o proyecciones tecnológicas. Pero, como se ha intentado mostrar aquí, el problema de la lectura en Colombia no se juega en el soporte. Se juega en las condiciones que hacen posible —o que impiden— la construcción de lectores. Cambiar el formato sin transformar esas condiciones es, en el mejor de los casos, una variación superficial.

La segunda, porque leer el estudio exclusivamente como un producto de intereses gremiales habría sido una crítica demasiado fácil. La Cámara Colombiana del Libro es, efectivamente, una corporación que representa a actores específicos del sector, entre ellos editoriales de gran escala, muchas veces vinculadas a circuitos transnacionales. Ese lugar no es neutro. Incide en lo que se observa, en lo que se mide y en lo que se considera relevante.

Sin embargo, reducir el análisis a ese punto habría sido insuficiente.

Porque el problema que atraviesa el estudio —y que este ensayo ha intentado señalar— no se explica únicamente por quién lo produce. Se explica por una forma más amplia, más arraigada, de entender el campo del libro. Una forma que no es exclusiva de un gremio ni de una institución, sino que ha sido compartida —con matices— por políticas públicas, investigaciones académicas y discursos culturales durante décadas.

Dicho de otro modo: incluso si el estudio hubiera sido producido por otro actor, bajo condiciones institucionales distintas, es probable que muchas de sus limitaciones se hubieran mantenido.

Esto no significa que la dimensión institucional o económica deba ser ignorada. Significa que no puede ser el único lente de análisis. Dicho esto, sería ingenuo cerrar el ensayo sin reconocer que esa dimensión existe y que tiene efectos.

Los grandes grupos editoriales, con su capacidad de producción, distribución y posicionamiento, no solo participan en el mercado: contribuyen a definir sus reglas. Influyen en qué se publica, en cómo circula, en qué se vuelve visible. Y, de manera más sutil, influyen también en las formas en que el campo se piensa a sí mismo.

En ese contexto, no resulta extraño que los estudios sectoriales tiendan a privilegiar variables que son relevantes para la industria: producción, ventas, formatos, canales. Son, en efecto, las variables que sostienen el funcionamiento del sistema tal como está configurado.

El riesgo aparece cuando esas variables se convierten en el centro exclusivo del análisis.

Porque entonces lo que se mide no es solo lo que existe, sino aquello que el sistema necesita ver para seguir operando. Y en ese proceso, otras dimensiones —menos visibles, menos rentables, más difíciles de capturar— tienden a quedar fuera.

La lectura como práctica, como experiencia, como proceso formativo, no siempre encaja en esas lógicas. No se traduce fácilmente en métricas de mercado. No responde a los tiempos de la circulación comercial. No produce resultados inmediatos. Y, sin embargo, es ahí donde se juega el problema.

Este epílogo no busca, entonces, reescribir la crítica desde una sospecha total ni reducir el estudio a una expresión de intereses. Busca, más bien, introducir una advertencia: ningún diagnóstico del campo del libro es completamente neutral. Todos están situados. Todos responden, en mayor o menor medida, a las estructuras que los hacen posibles.

Reconocerlo no invalida el análisis. Lo vuelve más exigente.

Porque obliga a leer no solo lo que el estudio dice, sino también lo que deja fuera. No solo los datos que presenta, sino el marco que define cuáles datos merecen ser presentados. En última instancia, esta advertencia vuelve a conducirnos al punto central del ensayo.

No se trata de oponer libro digital y libro impreso. No se trata de deslegitimar a un actor gremial. Se trata de algo más difícil: de construir una mirada capaz de atravesar esas capas sin quedar atrapada en ellas.

Una mirada que no confunda el funcionamiento del mercado con la experiencia de la lectura. Que no reduzca el problema a sus manifestaciones más visibles. Que no dé por sentado aquello que, precisamente, necesita ser explicado. Porque solo desde esa distancia crítica es posible hacer la pregunta que, todavía, sigue abierta. No qué tipo de libros estamos produciendo.

Sino qué tipo de lectores —si es que alguno— estamos logrando formar.

Referencias

Cámara Colombiana del Libro

Libro digital en Colombia: evolución y adopción en el sector editorial
https://camlibro.com.co/wp-content/uploads/2026/03/0313_WEB-EstudioLibroDigital2025.pdf

Este es el documento central del ensayo. Permite mostrar con precisión cómo el sector mide el libro digital: producción, ventas, acceso. A partir de este estudio se construye toda la crítica: su valor descriptivo es claro, pero su limitación está en que no logra explicar la lectura como práctica.


Cámara Colombiana del Libro (2025)

Nota de presentación del estudio
https://camlibro.com.co/libro-digital-evolucion-y-adopcion-en-el-sector-editorial-colombiano/

Refuerza el carácter institucional del estudio. Permite entender que no es solo un documento técnico, sino un instrumento de interpretación del sector, lo que ayuda a situar la crítica en un plano estructural y no simplemente técnico.


eLibro (2023)

Informe sobre lectura digital en Colombia
https://www.elibro.com/docs/Informe-Colombia-eLibro.pdf

Muestra cómo se mide la “lectura” en entornos digitales educativos: consultas, páginas vistas, tiempo de uso. Es clave para evidenciar la confusión entre acceso y lectura, uno de los argumentos centrales del ensayo.


Redalyc (2021)

Indicadores bibliométricos y evaluación científica
https://www.redalyc.org/journal/719/71971823001/html/

Introduce el marco de la bibliometría, mostrando que en la ciencia sí existen mecanismos relativamente robustos para medir el uso de los textos. Sirve de base para el contraste con el campo editorial.


ScienceDirect (2021)

Bibliometric indicators in scientific evaluation
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0033833821000266

Refuerza la legitimidad de las citaciones como indicador de impacto y uso del conocimiento. Permite sostener que, aunque imperfecta, la citación es una de las mejores aproximaciones disponibles a la lectura efectiva.


Índice h

https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%8Dndice_h

Explica uno de los principales mecanismos de evaluación del impacto científico. Su inclusión permite mostrar que el campo académico no solo produce textos, sino que ha desarrollado sistemas sofisticados para medir su circulación y uso.


Minciencias (2016)

Política Publindex 2.0
https://minciencias.gov.co/sites/default/files/upload/noticias/120816-vfpolitica_publindex_2.0_og_ao_miv.pdf

Documento clave porque reconoce explícitamente un problema estructural: baja visibilidad e impacto de la producción científica colombiana. Es uno de los soportes más fuertes para afirmar que incluso donde sí medimos la lectura, los resultados son débiles.


Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OCyT) (2021)

Indicadores de Ciencia, Tecnología e Innovación
https://ocyt.org.co/wp-content/uploads/2022/12/informe-indicadores-CTeI-2021-MA.pdf

Muestra el crecimiento sostenido de la producción científica en Colombia. Permite construir la tensión central: aumento de publicaciones sin un impacto proporcional.


SciELO Colombia (2021)

Análisis bibliométrico de publicaciones científicas colombianas
https://scielo.org.co/scielo.php?pid=S0120-25962021000200277&script=sci_arttext

Evidencia empíricamente la baja visibilidad y citación de la producción científica nacional. Refuerza la idea de circulación limitada del conocimiento.


SciELO México (2024)

Factores que influyen en la citación de artículos científicos
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0187-358X2024000200089&script=sci_arttext

Permite complejizar la lectura de las citaciones: no son solo lectura, sino inserción en redes. Esto fortalece la dimensión ecosistémica del argumento.


Medigraphic

Evaluación de revistas científicas colombianas
https://www.medigraphic.com/cgi-bin/new/resumen.cgi?IDARTICULO=111961

Muestra las limitaciones de los sistemas de medición científica en Colombia, lo que añade una capa crítica: incluso las mejores métricas son imperfectas, pero siguen siendo más robustas que las del sector editorial.


SciELO Chile

Indicadores de citación en ingeniería
https://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-07642019000200293&script=sci_arttext

Refuerza la discusión sobre los límites de los indicadores bibliométricos, permitiendo evitar una lectura ingenua de las citaciones y fortalecer la sofisticación del argumento.


Cámara Colombiana del Libro (definición institucional)

https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1mara_Colombiana_del_Libro

Contextualiza el rol gremial de la Cámara, permitiendo ubicar el estudio dentro de una estructura institucional concreta sin reducir la crítica a una lectura ideológica simplista.